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Patriarcas y Profetas

Capítulo 64

David Fugitivo

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Después de la muerte de Goliat, Saúl retuvo a David consigo y rehusó permitirle que volviera a la casa de su padre. Y sucedió que "el alma de Jonathán fue ligada con la de David, y amólo Jonathán como a su alma." (Véase 1 Samuel 18-22.) Mediante un pacto, Jonatán y David se comprometieron a estar unidos como hermanos; y el hijo del rey "se desnudó la ropa que tenía sobre sí, y dióla a David, y otras ropas suyas, hasta su espada, y su arco, y su talabarte." A David se le confiaron responsabilidades importantes; sin embargo conservó su modestia y se ganó el afecto del pueblo así como también el de la casa real.

"Y salía David a donde quiera que Saúl le enviaba, y portábase prudentemente. Hízolo por tanto Saúl capitán de gente de guerra." David era prudente y fiel, y era evidente que le acompañaba la bendición de Dios. Saúl se daba cuenta a veces de su propia incapacidad para gobernar a Israel, y comprende que el reino estaría más seguro mientras él mismo estuviese relacionado con quien recibiera instrucciones del Señor. Esperaba también que su relación con David le sirviera de salvaguardia. Puesto que David era favorecido y escudado por el Señor, podía ser su presencia una protección para Saúl cuando salía a la guerra con él.

La providencia de Dios había relacionado a David con Saúl. El puesto que ocupaba David en la corte le había de impartir conocimiento de los asuntos y preparar su grandeza futura. Le pondría en situación de ganarse la confianza de la nación. Las vicisitudes y las dificultades que le sucedieran a causa de la enemistad de Saúl le conducirían a sentir su dependencia de Dios y a depositar toda su confianza en él. Y la amistad de Jonatán con David provenía también de la providencia de Dios con el fin de conservar la vida al futuro soberano de Israel. En todas estas cosas, Dios desarrollaba sus bondadosos propósitos, tanto para David como para el pueblo de Israel.

Saúl, sin embargo, no permaneció por mucho tiempo en amistad con David. Mientras ambos regresaban de la batalla con los filisteos "salieron las mujeres de todas las ciudades de Israel cantando y con danzas, con tamboriles, y con alegrías y sonajas, a recibir al rey Saúl." Un grupo cantaba: "Saúl hirió sus miles," en tanto que otro grupo respondía cantando: "Y David sus diez miles."

El demonio de los celos penetró en el corazón del rey. Se airó porque el canto de las mujeres de Israel ensalzaba más a David que a él mismo. En lugar de sojuzgar esos sentimientos envidiosos, puso de manifiesto la debilidad de su carácter, y exclamó: "A David dieron diez miles, y a mí miles; no le falta más que el reino."

Uno de los mayores defectos del carácter de Saúl era su amor al favor popular y al ensalzamiento. Este rasgo había ejercido una influencia dominante sobre sus acciones y pensamientos; todo llevaba la marca indeleble de su deseo de alabanza y ensalzamiento propio. Su norma de lo bueno y lo malo era la norma baja del aplauso popular. Ningún hombre está seguro cuando vive para agradar a los hombres, y no busca primeramente la manera de obtener la aprobación de Dios. Saúl ambicionaba ser el primero en la estima de los hombres; y cuando oyó esta canción de alabanza, se asentó en la mente del rey la convicción de que David conquistaría el corazón del pueblo, y reinaría en su lugar.

Saúl abrió su corazón al espíritu de los celos, que envenenó su alma. No obstante las lecciones que había recibido del profeta Samuel, en el sentido de que Dios lograría todo lo que decidiera y nadie podría estorbarle, el rey manifestó claramente que no conocía en verdad los propósitos ni el poder de Dios. El monarca de Israel oponía su voluntad a la del Infinito. Saúl no había aprendido, mientras gobernaba el reino de Israel, que primero debía regir su propio espíritu. Permitía que sus impulsos dominaran su juicio, hasta ser presa de una furia apasionada. Llegaba a veces al paroxismo de la ira y se inclinaba a quitar la vida a cualquiera que osara oponerse a su voluntad. De este frenesí pasaba a un estado de abatimiento y desprecio de si mismo, y el remordimiento se posesionaba de su alma.

Le deleitaba oír a David tocar el arpa, y el espíritu malo parecía huir por el momento; pero un día cuando el joven le atendía y arrancaba notas melodiosas a su instrumento, para acompañar su voz mientras cantaba las alabanzas a Dios, Saúl arrojó de repente su lanza al músico con el objeto de quitarle la vida. David se salvó por la intercesión de Dios, e ileso, huyó del furor del rey enloquecido.

A medida que su odio hacia David aumentaba, Saúl procuraba con mayor diligencia una oportunidad de quitarle la vida; pero ninguno de sus planes contra el ungido de Dios tuvo éxito. Saúl se entregó al dominio del espíritu malo que le gobernaba; en tanto que David confió en Aquel que es poderoso en el consejo y fuerte para librar. "El temor de Jehová es el principio de la sabiduría" (Prov. 9: 10), y David rogaba a Dios continuamente que le ayudara a caminar ante él en una manera perfecta.

Deseando librarse de la presencia de su rival, "apartólo pues Saúl de sí, e hízole capitán de mil.... Mas todo Israel y Judá amaba a David." El pueblo comprendió muy pronto que David era una persona competente, y que atendía con prudencia y pericia los asuntos que se le confiaban. Los consejos del joven eran de un carácter sabio y discreto, y resultaba seguro seguirlos; en tanto que el juicio de Saúl no era a veces digno de confianza y sus decisiones no eran sabias.

Aunque Saúl estaba siempre alerta y en busca de una oportunidad para matar a David, vivía temiéndole, en vista de que evidentemente el Señor estaba con él. El carácter intachable de David provocaba la ira del rey; consideraba que la misma vida y presencia de David significaban un reproche para él, puesto que dejaba a su propio carácter en contraste desventajoso.

La envidia hacía a Saúl desgraciado, y ponía en peligro al humilde súbdito de su trono. ¡Cuánto daño indecible ha producido en nuestro mundo este mal rasgo de carácter! Había en el corazón de Saúl la misma enemistad que incitó el corazón de Caín contra su hermano Abel, porque las obras de Abel eran justas, y Dios le honraba, mientras que las de Caín eran malas, y el Señor no podía bendecirle. La envidia es hija del orgullo, y si se la abriga en el corazón, conducirá al odio, y eventualmente a la venganza y al homicidio. Satanás ponía de manifiesto su propio carácter al excitar la furia de Saúl contra aquel que jamás le había hecho daño.

El rey vigilaba estrictamente a David, con la esperanza de descubrir alguna muestra de temeridad e indiscreción que sirviera de excusa para hacerlo caer en desgracia. Le parecía imposible quedarse satisfecho mientras no pudiera quitar la vida al joven en forma tal que permitiera justificar ante la nación su acto inicuo. Puso una trampa para los pies de David al incitarle a que guerreara con mayor vigor contra los filisteos, con la promesa de recompensar su valor dándole la mano de su hija mayor. La contestación de David a esta propuesta fue: "¿Quién soy yo, o qué es mi vida, o la familia de mi padre en Israel, para ser yerno del rey?" El monarca demostró su falta de sinceridad casando a la princesa con otro.

El hecho de que Mical, hija menor de Saúl, amara a David le suministró al rey otra ocasión para maquinar contra su rival. La mano de Mical le fue ofrecida al joven, a condición de que diera pruebas de haber derrotado y muerto a un número determinado de los enemigos de la nación. "Saúl pensaba echar a David en manos de los Filisteos;" pero Dios protegió a su siervo. David regresó vencedor de la batalla, para ser hecho yerno del rey.

"Mas Michal la otra hija de Saúl amaba a David," y el monarca vio con enojo que sus maquinaciones habían resultado en la elevación de aquel a quien trataba de destruir. Más que nunca se sintió seguro de que era el hombre que el Señor había declarado mejor que él, y que reinaría en el trono de Israel en su lugar.

Quitándose la máscara, ordenó a Jonatán y a todos los oficiales de la corte que mataran al objeto de su odio. Jonatán reveló a David la intención del rey, y le pidió que se escondiera mientras él rogaba a su padre que le perdonara la vida al libertador de Israel. Jonatán expuso al rey lo que David había hecho para preservar el honor y aún la vida de la nación, y cuán terrible sería la culpa del asesino de aquel a quien Dios había usado como instrumento para dispersar a sus enemigos. La conciencia del rey se conmovió, y se le ablandó el corazón. "Y oyendo Saúl la voz de Jonathán, juró: Vive Jehová que no morirá." Se trajo a David a la presencia de Saúl, y siguió sirviéndole, como lo había hecho en el pasado.

Nuevamente se declaró la guerra entre los israelitas y los filisteos, y David dirigió al ejército contra el enemigo. Los hebreos obtuvieron una gran victoria, y la población del reino alabó la sabiduría y el heroísmo de David. Esto sirvió para despertar la anterior amargura de Saúl contra él. Mientras el joven tocaba ante el rey, llenando el palacio con dulces melodías, la pasión de Saúl le dominó, y arrojó a David una lanza, pensando clavar al músico a la pared; pero el ángel del Señor desvió el arma mortal. David escapó, y huyó a su casa.

Saúl envió espías para que le prendieran cuando saliera de su casa a la mañana siguiente, y le dieran muerte. Mical informó a David del propósito de su padre. Le instó a que huyera para salvar su vida, y haciéndole bajar por la ventana, le permitió escapar. El huyó adonde vivía Samuel, en Rama, y el profeta, sin temer el desagrado del rey, dio la bienvenida al fugitivo.

La casa de Samuel era un sitio apacible en comparación con el palacio real. Allí, en medio de las colinas, era donde el honrado siervo del Señor continuaba su obra. Le acompañaba un grupo de videntes que estudiaban cuidadosamente la voluntad de Dios, y escuchaban reverentemente las palabras de instrucción que salían de los labios de Samuel. Fueron preciosas las lecciones que David aprendió del maestro de Israel.

David creía que Saúl no ordenaría a sus tropas que invadieran este sagrado recinto; pero ningún lugar parecía sagrado para la mente entenebrecido del rey desesperado. La relación de David con Samuel despertaba los celos del rey, por temor a que el anciano reverenciado en todo Israel como profeta de Dios dedicara su influencia a fomentar el progreso del rival de Saúl. Cuando el rey supo donde estaba David, mandó a sus oficiales para que le trajesen a Gabaa donde pensaba llevar a cabo su designio homicida.

Los mensajeros salieron con el propósito de quitarle la vida a David; pero Uno más grande que Saúl los dominó. Se encontraron con ángeles invisibles, así como Balaam cuando iba de camino para maldecir a Israel. Principiaron a pronunciar frases proféticas de lo que sucedería en el futuro, y proclamaron la gloria y la majestad de Jehová. Así contrarrestó Dios la ira del hombre, y puso de manifiesto su poder para reprimir el mal, mientras que protegió a su siervo con una muralla de ángeles guardianes.

Estas noticias llegaron a Saúl mientras esperaba ansiosamente tener a David en su poder; pero en vez de sentir la reprensión de Dios, se exasperó aún más y envió otros mensajeros. Estos también fueron dominados por el Espíritu de Dios, y se unieron con los primeros para profetizar. Una tercera misión fue enviada por el rey; pero cuando los que la componían llegaron adonde estaban los profetas, la influencia divina cayó también sobre ellos, y profetizaron.

Saúl decidió entonces ir personalmente, pues su enemistad feroz se había vuelto ingobernable. Resolvió no esperar más oportunidades para matar a David, y que tan pronto como lo tuviera a su alcance lo mataría con su propia mano, fueran lo que fueran las consecuencias. Pero un ángel de Dios le encontró en el camino, y le dominó. El Espíritu de Dios le mantuvo bajo su poder, y salió dirigiendo a Dios oraciones entremezcladas con predicciones y melodías sagradas. Profetizó acerca de la venida del Mesías como Redentor del mundo.

Cuando llegó a la casa del profeta en Rama, puso a un lado las prendas de vestir que señalaban su categoría, y permaneció todo el día y toda la noche acostado ante Samuel y sus discípulos, bajo la influencia del Espíritu divino. El pueblo se congregó para presenciar esta escena extraña, y lo experimentado por el rey se difundió por todas partes. Así volvió a ser proverbial en Israel, esta vez al acercarse el fin de su reinado, que Saúl también estaba entre los profetas.

El perseguidor había sido nuevamente derrotado en sus propósitos. Aseguró a David que estaba en paz con él; pero David tenía poca confianza en el arrepentimiento del rey. Aprovechó esta ocasión para escaparse, no fuera que el humor del rey cambiara, como antes. Su corazón estaba herido, y ansiaba ver otra vez a su amigo Jonatán. Seguro de su inocencia, buscó al hijo del rey, y le dirigió una súplica muy conmovedora. " ¿Qué he hecho yo? le preguntó ¿cuál es mi maldad, o cuál mi pecado contra tu padre, que él busca mi vida?"

Jonatán creía que su padre había mudado su propósito, y que ya no pensaba quitarle la vida a David. Y Jonatán le dijo: "En ninguna manera; no morirás. He aquí que mi padre ninguna cosa hará, grande ni pequeña, que no me la descubra: ¿por qué pues me encubrirá mi padre este negocio? No será así." Jonatán no podía creer que, después de la manifestación extraordinaria del poder de Dios, su padre quisiera todavía hacer daño a David, puesto que esto sería una rebelión manifiesta contra Dios. Pero David no estaba convencido. Con intenso fervor declaró a Jonatán: "Ciertamente, vive Jehová y vive tu alma, que apenas hay un paso entre mi y la muerte."

En ocasión de la luna nueva, se celebraba en Israel una fiesta sagrada. Esta fiesta caía en el día que seguía al de la entrevista entre David y Jonatán. En esta fiesta se esperaba que ambos jóvenes aparecieran a la mesa del rey; pero David temía presentarse, y quedó arreglado que fuese a visitar a sus hermanos en Belén. A su regreso se escondería en un campo no muy distante del salón de banquetes, y durante tres días se mantendría ausente de la presencia del rey; y Jonatán observaría los efectos en Saúl. En caso de que preguntara por el paradero del hijo de Isaí, Jonatán diría que se había ido para asistir al sacrificio ofrecido por la casa de su padre. Si el rey no expresaba ira, sino que contestaba: "Bien está", entonces no sería peligroso para David volver a la corte. Pero si el rey se enfurecía por la ausencia, ello decidiría que David debía huir.

El primer día del banquete el rey no inquirió acerca de la ausencia de David, pero cuando su sitio estuvo vacante el segundo día, preguntó: "¿Por qué no ha venido a comer el hijo de Isaí hoy ni ayer? Y Jonathán respondió a Saúl: David me pidió encarecidamente le dejase ir hasta Beth-lehem. Y dijo: Ruégote que me dejes ir, porque tenemos sacrificio los de nuestro linaje en la ciudad, y mi hermano mismo me lo ha mandado; por tanto, si he hallado gracia en tus ojos, haré una escapada ahora, y visitaré a mis hermanos. Por esto pues no ha venido a la mesa del rey."

Cuando Saúl oyó estas palabras, su ira se desenfrenó. Declaró que mientras viviera David, Jonatán no podría subir al trono de Israel, y exigió que se mandara en seguida por David, para ejecutarle. Jonatán nuevamente intercedió por su amigo, suplicando: " ¿ Por qué morirá? ¿qué ha hecho? " Esta súplica dirigida al rey sirvió sólo para hacerlo más satánico en su furia, y arrojó a su propio hijo la lanza que había destinado para David.

El príncipe se acongojó y se indignó, y saliendo de la presencia real, no asistió más al banquete. El dolor agobiaba su alma cuando fue, en el momento señalado, al sitio donde debía comunicar a David las intenciones del rey hacia él. Ambos se abrazaron, y lloraron amargamente. El odio sombrío del rey obscurecía la vida de los jóvenes, y el dolor de ellos era demasiado intenso para que pudieran expresarle con palabras. Las últimas palabras de Jonatán cuando se separaron para seguir cada uno su respectivo camino cayeron en el oído de David. Fueron: "Vete en paz, que ambos hemos jurado por el nombre de Jehová, diciendo: Jehová sea entre mí y ti, entre mi simiente y la simiente tuya, para siempre."

El hijo del rey regresó a Gabaa, y David se apresuró a llegar a Nob, ciudad que se encontraba a pocas millas de distancia, y que también pertenecía a la tribu de Benjamín. Se había llevado de Silo a este sitio el tabernáculo, y allí oficiaba Ahimelech, el sumo sacerdote. David no sabía adónde refugiarse, sino en casa del siervo de Dios. El sacerdote le miró con asombro, al verle llegar con apresuramiento y aparentemente solo, con la ansiedad y la tristeza impresas en el rostro; y le preguntó qué lo traía allí.

El joven temía constantemente ser descubierto, y en su angustia recurrió al engaño. Dijo al sacerdote que el rey le había enviado en una misión secreta, que requería la mayor celeridad. Con esto demostró David falta de fe en Dios, y su pecado causó la muerte del sumo sacerdote. Si le hubiera manifestado claramente los hechos tales como eran, Ahimelech habría sabido qué conducta seguir para proteger su vida. Dios requiere que la verdad distinga siempre a los suyos, aun en los mayores peligros. David le pidió al sacerdote cinco panes. No había más que pan sagrado en poder del hombre de Dios, pero David consiguió vencer los escrúpulos de él, y obtuvo el pan para satisfacer su hambre.

Pero se le presentó un nuevo peligro. Doeg, el principal de los pastores de Saúl, que había aceptado la fe de los hebreos, estaba entonces pagando sus votos en el lugar de culto. Al ver a este hombre, David decidió buscar apresuradamente otro refugio, y conseguir alguna arma con la cual defenderse en caso de que fuese necesario. Le pidió a Ahimelech una espada, y él le dijo que no tenía otra que la de Goliat, conservada como una reliquia en el tabernáculo. David le contestó: "Ninguna como ella: dámela." El valor de David revivió cuando asió la espada que había usado una vez para matar al campeón de los filisteos.

David huyó hasta donde estaba Achis, rey de Gath, pues le parecía que había más seguridad en medio de los enemigos de su pueblo que en los dominios del rey Saúl. Pero se le informó a Achis que David había sido el hombre que había dado muerte al campeón filisteo años antes; y ahora el que buscaba refugio entre los enemigos de Israel se encontraba en un gran peligro. Pero fingiendo que estaba loco, pudo engañar a sus enemigos y logró escapar.

Cometió David su primer error al desconfiar de Dios en Nob, y el segundo al engañar a Achis. David había revelado nobles rasgos de carácter, y su valor moral le había ganado el favor del pueblo; pero cuando fue probado, su fe vaciló, y aparecieron sus debilidades humanas. Veía en todo hombre un espía y un traidor. En una gran emergencia, David había mirado a Dios con el ojo firme de la fe, y había vencido al gigante filisteo. Creía en Dios, y salió a la lucha en su nombre. Pero mientras se le buscaba y perseguía, la perplejidad y la aflicción casi habían ocultado de su vista a su Padre celestial.

No obstante, lo que experimentaba servía para enseñar sabiduría a David; pues le indujo a comprender su propia debilidad, y la necesidad de depender constantemente de Dios. ¡Cuán preciosa y valiosa es la dulce influencia del Espíritu de Dios cuando llega a las almas deprimidas o desesperadas, anima a los de corazón desfalleciente, fortalece a los débiles e imparte valor y ayuda a los probados siervos del Señor! ¡Qué Dios tan bondadoso el nuestro, que trata tan suavemente a los descarriados, y muestra su paciencia y ternura en la adversidad, y cuando estamos abrumados de algún gran dolor!

Todo fracaso de los hijos de Dios se debe a la falta de fe. Cuando las sombras rodean el alma, necesitamos luz y dirección, debemos mirar hacia el cielo; hay luz mas allá de las tinieblas. David no debió de desconfiar un solo momento de Dios. Tenía motivos para confiar en él: era el ungido del Señor, y en medio de los peligros había sido protegido por los ángeles de Dios; se le había armado de valor para que hiciera cosas maravillosas; y si tan sólo hubiera apartado su atención de la situación angustiosa en que se encontraba, y hubiera apartado su atención de la situación angustiosa en que se encontraba, y hubiera pensado en el poder y la majestad de Dios, habría estado en paz aun en medio de las sombras de muerte; habría podido repetir con toda confianza la promesa del Señor: "Los montes se moverán, y los collados temblarán; mas no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz vacilará." (Isa. 54: 10.)

En las montañas de Judá, David buscó refugio de la persecución de Saúl. Escapó sin tropiezo de la a la cueva de Adullan, sitio que, con una fuerza pequeña, podía defenderse de un ejercito grande. "Lo cual como oyeron sus hermanos y toda la casa de su padre, vinieron allí a él." La familia de David no podía sentirse segura, sabiendo que en cualquier momento las sospechas irracionales de Saúl podían caer sobre aquella a causa de su parentesco con David. Ya sabían sus miembros, como lo sabía la generalidad de Israel, que Dios había escogido a David como futuro soberano de su pueblo; y creían que con él, aunque estuviese como fugitivo en una cueva solitaria, estarían más seguros que si se quedaban a merced de la locura de una rey celoso.

En la cueva de Adullam, la familia se hallaba unida por la simpatía y el afecto. El hijo de Isaí podía producir melodías con la voz y con su arpa mientras cantaba: "!Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos igualmente en uno!" (Sal 133: 1.) Había probado las amarguras de la desconfianza de sus propios hermanos; y la armonía que había reemplazado la discordia llenaba de regocijo el corazón del desterrado. Allí fue donde David compuso el salmo 57.

Antes de que transcurriera mucho tiempo se unieron a la compañía de David otros hombres que trataban de escapar a las exigencias del rey. Muchos eran los que habían perdido la confianza en el soberano de Israel, pues podían ver que ya no los guiaba le Espíritu del Señor. "Y juntáronse con él todos los afligidos, y todo el que estaba adeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu, y fue hecho capitán de ellos: y tuvo consigo como cuatrocientos hombres." Así tuvo David un pequeño reino propio, y en el imperaba la disciplina y el orden.

Pero aun en su retiro de las montañas, distaba mucho de sentirse seguro; pues de continuo tenía evidencias de que el rey no había renunciado a sus propósitos homicidas. Cerca del rey de Moab halló refugio para sus padres; y luego al recibir una advertencia de peligro, huyó de su escondite hacia el bosque de Hareth.

Lo que experimentaba David no era necesario ni estéril. Dios le sometía a un proceso de disciplina a fin de prepararle tanto para el cargo de sabio general como para el de rey justo y misericordioso. Con su banda de fugitivos, David obtenía una excelente para asumir una obra de la cual Saúl se hacía totalmente indigno por su furia asesina y por su ciega indiscreción. No pueden los hombres alejarse del consejo de Dios, y retener la calma ni la sabidurías necesarias para obrar con justicia y discreción. No hay locura tan temible ni tan desesperada y fútil, como la que consiste en seguir el juicio humano, sin dirección de la sabiduría de Dios.

Saúl había hechos preparativos para atrapar y capturar a David en la cueva de Adullam, y cuando descubrió que David había dejado ese refugio el rey se enfureció mucho. La huida de David era un misterio para Saúl. Sólo podía explicársela por la sospecha de que había en su campamento traidores que habían puesto al hijo de Isaí al tanto de su proximidad y sus propósitos.

Afirmó David a sus consejeros que se había tramado una conspiración contra él, y ofreciéndoles ricos presentes y puestos de honor, los sobornó para que le revelasen quienes entre su pueblo tratado amistosamente a David. Doeg, el idumeo, se hizo el delator. Movido por la ambición y la avaricia y por el odio al sacerdote, que había reprobado sus pecados, Doeg dio parte de la visita de David a Ahimelech, presentando el asunto en forma tal que se encendiera la ira de Saúl contra el hombre de Dios. La palabra de aquella lengua perversa, encendida por el mismo infierno, despertó las peores pasiones del corazón de Saúl. Loco de ira, declaró que debía perecer toda la familia del sacerdote. Y el terrible decreto fue ejecutado. No sólo se mató Ahimelech, sino también a los mismos miembros de la casa de su padre -"ochenta y cinco varones que vestían ephod de lino,"- les dio muerte, por orden del rey, la mano homicida de Doeg.

"Y a Nob, ciudad de los sacerdotes, puso a cuchillo: así a hombres como a mujeres, niños y mamantes, bueyes y asnos y ovejas, todo a cuchillo." Esto era lo que Saúl podía hacer bajo el dominio de Satanás. Cuando Dios declaró que la iniquidad de los amalecitas estaba rebosando, y le ordenó que los destruyera totalmente, Saúl se creyó demasiado compasivo para ejecutar la sentencia divina, y salvó lo que estaba dedicado a la destrucción; pero ahora, sin ningún mandamiento de Dios, bajo la dirección de Satanás, podía dar muerte a los sacerdotes del Señor, y llevar la ruina a los habitantes de Nob. Tal es la perversidad del corazón humano que ha rechazado la dirección de Dios.

Esta acción llenó a todo Israel de horror. El rey a quien ellos habían escogido era el que había cometido semejante ultraje; y sólo había procedido a la usanza de los reyes de otras naciones que no temían a Dios. El arca estaba con ellos; pero los sacerdotes a quienes solían consultar yacían muertos por la espada. ¿Qué sucedería luego?