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Patriarcas y Profetas

Capítulo 44

El Cruce del Jordán

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LOS ISRAELITAS lloraron profundamente la partida de su jefe, y dedicaron treinta días de servicios especiales a honrar su memoria. Nunca, hasta que les fue quitado, habían comprendido tan cabalmente el valor de sus sabios consejos, su ternura paternal y su fe constante, Con un aprecio nuevo y más profundo, recordaron las lecciones preciosas que les había dado mientras estaba con ellos.

Moisés había muerto, pero su influencia no murió con él. Ella había de sobrevivir, reproduciéndose en el corazón de su pueblo. El recuerdo de aquella vida santa y desinteresada se conservaría por mucho tiempo con amor, y con poder silencioso y persuasivo amoldaría la vida hasta de los que habían descuidado sus palabras cuando vivía. Como el resplandor del sol poniente sigue iluminando las cumbres de las montañas mucho después que el sol se ha hundido detrás de las colinas así las obras de los puros, santos y justos derramarán su luz sobre el mundo mucho tiempo después que murieron quienes las hicieron. Sus obras, sus palabras y su ejemplo vivirán para siempre. "En memoria eterna será el justo." (Sal. 112: 6.)

Aunque llenos de pesar por su gran pérdida, los israelitas sabían que no quedaban solos. De día, la columna de nube descansaba sobre el tabernáculo, y de noche la columna de fuego, como garantía de que Dios seguiría guiándoles y ayudándoles si querían andar en el camino de sus mandamientos.

Josué era ahora el jefe reconocido de Israel. Se había distinguido principalmente como guerrero, y sus dones y virtudes resultaban de un valor especial en esta etapa de la historia de su pueblo. Valeroso, resuelto y perseverante, pronto para actuar, incorruptible, despreocupado de los intereses egoístas en su solicitud por aquellos encomendados a su protección y, sobre todo, inspirado por una viva fe en Dios, tal era el carácter del hombre escogido divinamente para dirigir los ejércitos de Israel en su entrada triunfal en la tierra prometida. Durante la estada en el desierto, había actuado como primer ministro de Moisés, y por su fidelidad serena y humilde, su perseverancia cuando otros flaqueaban, su firmeza para sostener la verdad en medio del peligro, había dado evidencias de su capacidad para suceder a Moisés aun antes de ser llamado a ese puesto por la voz de Dios.

Con gran ansiedad y desconfianza de si mismo, Josué había mirado la obra que le esperaba; pero Dios eliminó sus temores al asegurarle: "Como yo fui con Moisés, seré contigo; no te dejaré, ni te desampararé.... Tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra, de la cual juré a sus padres que la daría a ellos." "Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie." (Véase Josué 1 - 4.) Había de ser suya toda la tierra que se extendía hasta las alturas del Líbano en la lejanía, hasta las playas de la gran mar, y hasta las orillas del Eufrates en el este.

A esta promesa se agregó el mandamiento: "Solamente te esfuerces, y seas muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó." Además le ordenó el Señor: "El libro de aquesta ley nunca se apartará de tu boca; antes de día y de noche meditarás en él; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra;" "porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien."

Los israelitas seguían acampados en la margen oriental del Jordán, y este río presentaba la primera barrera para la ocupación de Canaán. "Levántate, había sido el primer mensaje de Dios a Josué, "y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel." No se les dio ninguna instrucción acerca de cómo habían de cruzar el río. Josué sabía, sin embargo, que el Señor haría posible para su pueblo la ejecución de cualquier cosa por él ordenada, y con esta fe el intrépido caudillo inició inmediatamente los arreglos pertinentes para avanzar.

A pocas millas más allá del río, exactamente frente al sitio donde los israelitas estaban acampados, se hallaba la grande y muy fortificada ciudad de Jericó. Era virtualmente la llave de todo el país, y representaba un obstáculo formidable para el éxito de Israel. Josué envió, por lo tanto, a dos jóvenes como espías para que visitaran la ciudad, y para que averiguaran algo acerca de su población, sus recursos y la solidez de sus fortificaciones. Los habitantes de la ciudad, aterrorizados y suspicaces, se mantenían en constante alerta y los mensajeros corrieron gran peligro. Fueron, sin embargo, salvados por Rahab, mujer de Jericó que arriesgó con ello su propia vida. En retribución de su bondad, ellos le hicieron una promesa de protección para cuando la ciudad fuese conquistada.

Los espías regresaron sin novedad, con las siguientes noticias: "Jehová ha entregado toda la tierra en nuestras manos, y también todos los moradores del país están desmayados delante de nosotros." Se les había dicho en Jericó: "Hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del mar Bermejo delante de vosotros, cuando salasteis de Egipto, y lo que habéis hecho a los dos reyes de los Amorrheos que estaban de la parte de allá del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido. Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón; ni ha quedado más espíritu en alguno por causa de vosotros: porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra."

Se ordenó entonces que se hiciesen los preparativos para el avance. El pueblo había de abastecerse de alimentos para tres días, y el ejército había de ponerse en pie de guerra para la batalla. Todos aceptaron de corazón los planes de su jefe y le aseguraron su confianza y su apoyo: "Nosotros haremos todas las cosas que nos has mandado, e iremos adonde quiera que nos mandares. De la manera que obedecimos a Moisés en todas las cosas, así te obedeceremos a ti; solamente Jehová tu Dios sea contigo, como fue con Moisés:"

Abandonando su campamento en los bosques de acacias de Sittim, el ejército descendió a la orilla del Jordán. Todos sabían, sin embargo, que sin la ayuda divina no podían esperar cruzar el río. Durante esa época del año, la primavera, las nieves derretidas de las montañas habían hecho crecer tanto el Jordán que el río se había desbordado, y era imposible cruzarlo en los vados acostumbrados. Dios quería que el cruce del Jordán por Israel fuese milagroso. Por orden divina, Josué mandó al pueblo que se santificase; debía poner a un lado sus pecados y librarse de toda impureza exterior; "porque -dijo- Jehová hará mañana entre vosotros maravillas." El "arca del pacto" había de encabezar el ejército y abrirle paso. Para cuando vieran ese distintivo de la presencia de Jehová, cargado por los sacerdotes, moverse de su sitio en el centro del campamento y avanzar hacia el río, la orden era: "Vosotros partiréis de vuestro lugar, y marcharéis en pos de ella." Las circunstancias del cruce del río fueron predichas minuciosamente; y Josué dijo: "En esto conoceréis que el Dios viviente está en medio de vosotros, y que él echará de delante de vosotros al Cananeo.... He aquí, el arca del pacto del Señoreador de toda la tierra pasa el Jordán delante de vosotros."

A la hora señalada comenzó el avance. El arca, llevada en hombros de los sacerdotes, encabezaba la vanguardia. Se le había ordenado al pueblo que se retrasara un poco, de manera que había un espacio de más de media milla entre ellos y el arca. Todos observaron con profundo interés cómo los sacerdotes bajaban hacia la orilla del Jordán. Los vieron avanzar firmemente con el arca santa en dirección a la corriente airada y turbulenta, hasta que los pies de los portadores del arca tocaron el agua. Entonces, las aguas que venían de arriba fueron rechazadas de repente, mientras que las de abajo siguieron su curso, y se vació el lecho del río.

Obedeciendo el mandamiento divino, los sacerdotes avanzaron hacia el centro del cauce, y se quedaron detenidos allí, mientras todo el ejército descendía y cruzaba al otro lado. Así se grabó en la mente de todo Israel el hecho de que el poder que había contenido las aguas del Jordán, era el mismo que había abierto el mar Rojo para sus padres cuarenta años antes. Cuando todo el pueblo hubo pasado, se llevó el arca a la orilla occidental. En cuanto llegó a un sitio seguro, y "las plantas de los pies de los sacerdotes estuvieron en seco," las aguas aprisionadas, quedando libres, se precipitaron hacia abajo por el cauce natural del río en un torrente irresistible.

Las generaciones venideras no debían carecer de testimonio con referencia a este gran milagro. Mientras los sacerdotes que llevaban el arca estaban aún en medio del Jordán, doce hombres escogidos con anticipación, uno de cada tribu, se encargaron de tomar cada uno una piedra del cauce del río donde estaban los sacerdotes, y las llevaron a la orilla occidental. Estas piedras habían de acomodarse en forma de monumento en el primer sitio donde acampara Israel después de cruzar el río. El pueblo recibió la orden de repetir a sus hijos y a los hijos de sus hijos la historia del libramiento que Dios había obrado en su favor, como dijo Josué: "Para que todos los pueblos de la tierra conozcan la mano de Jehová, que es fuerte; para que temáis a Jehová vuestro Dios todos los días."

Este milagro ejerció gran influencia, tanto sobre los hebreos como sobre sus enemigos. Por él Dios daba a Israel una garantía de su continua presencia y protección, una evidencia de que obraría en su favor por medio de Josué como lo había hecho por medio de Moisés. Esta seguridad era necesaria para fortalecer su corazón en el momento de emprender la conquista de la tierra, tarea estupenda que había hecho tambalear la fe de sus padres cuarenta años atrás. Antes que se cruzara el río, el Señor había declarado a Josué: "Desde aqueste día comenzaré a hacerte grande delante de los ojos de todo Israel, para que entiendan que como fui con Moisés, así seré contigo." Y el resultado cumplió la promesa. "En aquel día Jehová engrandeció a Josué en ojos de todo Israel: y temiéronle, como habían temido a Moisés, todos los días de su vida."

Este ejercicio del poder divino en favor de Israel estaba destinado también a aumentar el temor con que lo consideraban las naciones circunvecinas y a ayudarle así a obtener un triunfo más fácil y más completo. Cuando las nuevas de que Dios había detenido las aguas del Jordán ante los hijos de Israel llegaron a oídos de los reyes de los amorreos y de los cananeos, sintieron gran temor en su corazón. Los hebreos ya habían dado muerte a cinco reyes de Madián, al poderoso Sehón, rey de los amorreos y a Og de Basán, y luego el cruce del impetuoso y crecido río Jordán había llenado de terror a todas las naciones vecinas. Tanto a los cananeos como a todo Israel y al mismo Josué, se les habían dado evidencias inequívocas de que el Dios viviente, el Rey del cielo y de la tierra, estaba entre su pueblo y no los dejaría ni los desampararía.

A corta distancia del Jordán, los hebreos levantaron su primer campamento en Canaán. Allí Josué "circuncidó a los hijos de Israel," "y los hijos de Israel asentaron el campo en Gilgal, y celebraron la pascua." (Jos. 5: 3, 10.) La suspensión del rito de la circuncisión desde la rebelión ocurrida en Cades había sido para Israel un testimonio constante de que había sido quebrantado su pacto con Dios, del cual la circuncisión era el símbolo señalado. Y la suspensión de la pascua, ceremonia conmemorativa del libramiento de la servidumbre egipcia, había evidenciado el desagrado que causara al Señor el deseo de Israel de volver a esa servidumbre. Pero habían terminado los años de repudiación. Dios reconocía nuevamente a Israel como su pueblo, y se restablecía la señal de su pacto. El rito de la circuncisión se aplicó a todo el pueblo que había nacido en el desierto. Y el Señor le declaró a Josué: "Hoy he hecho rodar de sobre vosotros el oprobio de Egipto" (Jos. 5: 9, V.M.), y en alusión a este gran acontecimiento llamaron el lugar de su campamento Gilgal, o sea "rodadura."

Las naciones paganas habían mirado con oprobio al Señor y a su pueblo porque los hebreos no había tomado posesión de Canaán, como lo esperaban, poco después de haber abandonado Egipto. Sus enemigos se habían regocijado porque Israel había errado tanto tiempo en el desierto, y habían declarado en son de burla que el Dios de los hebreos no podía introducirlos en la tierra prometida. Ahora el Señor había manifestado señaladamente su poder y favor al abrir el Jordán ante su pueblo, y sus enemigos ya no podían tenerlos en oprobio.

"A los catorce días del mes, por la tarde," se celebró la pascua en las llanuras de Jericó. "Y al otro día de la pascua comieron del fruto de la tierra los panes sin levadura, y en el mismo día espigas nuevas tostadas. Y el maná cesó el día siguiente, desde que comenzaron a comer del fruto de la tierra: y los hijos de Israel nunca más tuvieron mana, sino que comieron de los frutos de la tierra de Canaán aquel año." (Jos. 5: 10-12.) Los largos años de peregrinación por el desierto habían tocado a su fin. Los pies de Israel pisaban por último la tierra prometida.