Make your own free website on Tripod.com

 

Patriarcas y Profetas

Capítulo 41

La Apostasía a Orillas del Jordán

[Flash Player]

Las victoriosas fuerzas de Israel habían vuelto de Basán con corazones alborozados y con renovada fe en Dios. Habían logrado la posesión de un territorio de valor, y estaban seguras de la inmediata conquista de Canaán. Solamente el río Jordán mediaba entre ellas y la tierra prometida. Al otro lado del río había una rica llanura, cubierta de verdor, regada por arroyos provenientes de manantiales copiosos, y sombreada por palmeras exuberantes. En el límite occidental de la planicie se destacaban las torres y los palacios de Jericó, tan enclaustrado entre sus palmeras que se la llamaba "la ciudad de las palmeras."

En el lado oriental del jordán, entre el río y la alta meseta que Israel había atravesado, había también una planicie de varios kilómetros de anchura, y que se extendía por alguna distancia a lo largo del río. Este valle abrigado tenía clima tropical; y florecía allí el árbol de Sittim, o acacia, por lo que se le daba a la planicie el nombre de "valle de Sittim." En él acamparon los israelitas, y los bosques de acacias que había junto al río les proporcionaron agradable retiro.

Pero en este ambiente atractivo iban a encontrar un mal más mortífero que poderosos ejércitos de hombres armados o las fieras del desierto. Ese territorio, tan rico en ventajas naturales, había sido contaminado por sus habitantes. En el culto público de Baal, la divinidad principal, se practicaban constantemente las escenas más degradantes e inicuas. Por doquiera se encontraban lugares notorios por su idolatría y su libertinaje, cuyos nombres mismos sugerían la vileza y la corrupción del pueblo.

Este ambiente ejerció una influencia corruptora sobre los israelitas. La mente de ellos se familiarizó con los pensamientos viles que les eran sugeridos constantemente; la vida cómoda e inactiva produjo sus efectos desmoralizadores; y casi inconscientemente, se fueron alejando de Dios, y llegaron a una condición en la cual iban a sucumbir fácilmente a la tentación.

Mientras el pueblo acampaba al lado del Jordán, Moisés preparaba la ocupación de Canaán. El gran jefe estaba muy atareado en esta obra; pero este lapso de suspenso y espera resultó una prueba para el pueblo, y antes de que hubieran transcurrido muchas semanas, su historia quedó manchada por las más terribles desviaciones de la virtud e integridad.

Al principio hubo muy pocas relaciones entre los israelitas y sus vecinos paganos; pero después de algún tiempo, las mujeres madianitas comenzaron a introducirse en el campo. La aparición de ellas no causó alarma, y tan cautelosamente llevaron a cabo sus planes que nadie llamó la atención de Moisés al asunto. Estas mujeres tenían por objeto, en sus relaciones con los hebreos, seducirlos para hacerles violar la ley de Dios, llamar la atención a costumbres y ritos paganos, e inducirles a la idolatría. Ocultaron diligentemente estos motivos bajo la máscara de la amistad, de modo que ni siquiera los guardianes del pueblo los sospecharon.

Por consejo de Balaam, el rey de Moab decidió celebrar una gran fiesta en honor de sus dioses, y secretamente se concertó que Balaam indujera a los israelitas a asistir. Ellos le consideraban profeta de Dios, y no le fue difícil alcanzar su fin.. Gran parte del pueblo se reunió con él para asistir a las festividades. Se aventuraron a pisar terreno prohibido y se enredaron en los lazos de Satanás. Hechizados por la música y el baile y seducidos por la hermosura de las vestales paganas, desecharon su lealtad a Jehová. Mientras participaban en la alegría y en los festines, el consumo de vino ofuscó sus sentidos y quebrantó las vallas del dominio propio. Predominó la pasión en absoluto; y habiendo contaminado su conciencia por la lascivia, se dejaron persuadir a postrarse ante los ídolos. Ofrecieron sacrificios en los altares paganos y participaron en los ritos más degradantes.

No tardó el veneno en difundirse por todo el campamento de Israel, como una infección mortal. Los que habían vencido a sus enemigos en batalla fueron vencidos por los ardides de mujeres paganas. La gente parecía atontada. Los jefes y hombres principales fueron los primeros en violar la ley, y fueron tantos los culpables que la apostasía se hizo nacional. "Allegóse el pueblo a Baal-peor." (Véase Números 25.) Cuando Moisés se dio cuenta del mal, la conspiración de sus enemigos había tenido tanto éxito que no sólo estaban los israelitas participando del culto licencioso en el monte Peor, sino que comenzaban a practicarse los ritos paganos en el mismo campamento de Israel. El viejo adalid se llenó de indignación y la ira de Dios se encendió.

Las prácticas inicuas hicieron para Israel lo que todos los encantamientos de Balaam no habían podido hacer: lo separaron de Dios. Debido a los castigos que les alcanzaron rápidamente, muchos reconocieron la enormidad de su pecado. Estalló en el campamento una terrible pestilencia de la cual decenas de millares cayeron prestamente víctimas. Dios ordenó que quienes encabezaron esa apostasía fuesen ejecutados por los magistrados. La orden se cumplió inmediatamente. Los ofensores fueron muertos, y luego se colgaron sus cuerpos a la vista del pueblo, para que la congregación, al percibir la severidad con que eran tratados sus cabecillas, adquiriese un sentido profundo de cuánto aborrecía Dios su pecado y de cuán terrible era su ira contra ellos.

Todos creyeron que el castigo era justo, y el pueblo se dirigió apresuradamente al tabernáculo, y con lágrimas y profunda humillación confesó su gran pecado. Mientras lloraba así ante Dios a la puerta del tabernáculo, y la plaga aun hacía su obra de exterminio, y los magistrados ejecutaban su terrible comisión, Zimri, uno de los nobles de Israel, vino audazmente al campamento, acompañado de una ramera madianita, princesa de una familia distinguida de Madián, a quien él llevó a su tienda. Nunca se ostentó el vicio más osada o tercamente, Embriagado de vino, Zimri publicó "su pecado como Sodoma," y se enorgulleció de lo que debiera haberle avergonzado. Los sacerdotes y los jefes se habían postrado en aflicción y humillación, llorando "entre la entrada y el altar" e implorando al Señor que perdonara a su pueblo y que no entregara su heredad al oprobio, cuando este príncipe de Israel hizo alarde de su pecado en presencia de la congregación como si desafiara la venganza de Dios y se burlara de los jueces de la nación. Phinees, hijo del sumo sacerdote Eleazar, se levantó de entre la congregación, y asiendo una lanza, "fue tras el varón de Israel a la tienda," y lo mató a él y a la mujer. Así se detuvo la plaga y el sacerdote que había ejecutado el juicio divino fue honrado ante Israel, y el sacerdocio le fue confirmado a él y a su casa para siempre.

"Phinees . . . ha hecho tornar mi furor de los hijos de Israel," fue el mensaje divino; "por tanto diles: He aquí yo establezco mi pacto de paz con él; y tendrá él, y su simiente después de él, el pacto del sacerdocio perpetuo; por cuanto tuvo celo por su Dios, e hizo expiación por los hijos de Israel."

Los juicios que cayeron sobre Israel por su pecado en Sittim, destruyeron los sobrevivientes de aquella vasta compañía que mereciera casi cuarenta años antes la sentencia: "Han de morir en el desierto." El censo que Dios mandó hacer mientras el pueblo acampaba en las planicies del Jordán demostró que ninguno quedaba "de los contados por Moisés; Aarón el sacerdote, los cuales contaron a los hijos de Israel en el desierto de Sinaí.... No quedó varón de ellos, sino Caleb, hijo de Jephone, y Josué, hijo de Nun." (Núm. 26: 64, 65.)

Dios había mandado castigos sobre los israelitas porque ellos habían cedido a los halagos de los madianitas; pero los tentadores mismos no habían de escapar a la ira de la divina justicia. Los amalecitas, que habían atacado a Israel en Rephidim, y caído súbitamente sobre los débiles y rezagados de la hueste, no fueron castigados sino mucho tiempo después; mientras que los madianitas, que lo indujeron a pecar, hubieron de sentir con presteza los juicios de Dios, porque eran los enemigos más peligrosos. "Haz la venganza de los hijos de Israel sobre los Madianitas —fue la orden que se le dio a Moisés;— después serás recogido a tus pueblos." (Véase Números 31.) Esta orden fue obedecida al instante. Se escogieron mil hombres de cada una de las tribus, y se los mandó bajo la dirección de Phinees. "Y pelearon contra Madián,, como Jehová lo mandó a Moisés. . . . Mataron también, entre los muertos de ellos, a los reyes de Madián: . . . cinco reyes de Madián; a Balaam también, hijo de Beor, mataron a cuchillo." Las mujeres que fueron capturadas por el ejército atacante, fueron muertas según la orden de Moisés, como las más culpables y como el enemigo más peligroso de Israel.

Tal fue el fin de quienes habían proyectado el daño del pueblo de Dios. El salmista dice: "Hundiéronse las gentes en la fosa que hicieron; en la red que escondieron fue tomado su pie." "Porque no dejará Jehová su pueblo, ni desamparará su heredad; sino que el juicio será vuelto a justicia." Cuando pónense en corros contra la vida del justo," el Señor "hará tornar sobre ellos su iniquidad, y los destruirá por su propia maldad." (Sal. 9: 15; 94: 14, 15, 21, 23.)

Cuando Balaam fue llamado a maldecir a los hebreos, no pudo, con todos sus encantamientos, hacerles daño alguno, pues el Señor no había "notado iniquidad, en Jacob," ni había "visto perversidad en Israel." (Núm. 23: 21.) Pero cuando, cediendo a la tentación, violaron la ley de Dios, su defensa se alejó de ellos. Cuando el pueblo de Dios es fiel a sus mandamientos, entonces "en Jacob no hay agüero, ni adivinación en Israel." De ahí que Satanás ejerza todo poder y todas sus astutas artimañas para inducirlo a pecar. Si los que profesan ser depositarios de la ley de Dios violan sus preceptos, se separan de Dios y no podrán subsistir delante de sus enemigos.

Los israelitas, que no pudieron ser vencidos por las armas ni por los encantamientos de Madián, cayeron como presa fácil de las rameras. Tal es el poder que la mujer, alistada en el servicio de Satanás, ha ejercido para enredar y destruir las almas. "A muchos ha hecho caer heridos; y aun los más fuertes han sido muertos por ella." (Prov. 7: 26.) Fue así cómo los hijos de Seth fueron alejados de su integridad y se corrompió la santa posteridad. Así fue tentado José. Así entregó Sansón su propia fuerza y la defensa de Israel en manos de los filisteos. En esto tropezó también David. Y Salomón, el más sabio de los reyes, al que por tres veces se le llamó amado de Dios, se trocó en esclavo de la pasión y sacrificó su integridad al mismo poder hechicero.

"Estas cosas les acontecieron en figura; y son escritas para nuestra admonición en quienes los fines de los siglos han parado. Así que, el que piensa estar firme, mire no caiga." (1 Cor. 10: 11, 12.) Satanás conoce muy bien el material con el cual ha de vérselas en el corazón humano. Por haberlos estudiado con intensidad diabólica durante miles de años, conoce los puntos más vulnerables de cada carácter; y en el transcurso de las generaciones sucesivas ha obrado para hacer caer a los hombres más fuertes, príncipes de Israel, mediante las mismas tentaciones que tuvieron tanto éxito en Baal-peor. A través de los siglos pueden verse los casos de caracteres arruinados que encallaron en las rocas de la sensualidad. Mientras nos acercamos al fin del tiempo, mientras los hijos de Dios se hallan en las fronteras mismas de la Canaán celestial, Satanás, como lo hizo antaño, redoblará sus esfuerzos para impedirles que entren en la buena tierra. Tiende su red para prender toda alma. No sólo los ignorantes y los incultos necesitan estar en guardia; él preparará sus tentaciones para los que ocupan los puestos más elevados en los cargos más sagrados; si puede inducirles a contaminar sus almas, podrá, por su intermedio, destruir a muchos. Emplea ahora los mismos agentes que hace tres mil años. Por las amistades mundanas, los encantos de la belleza, la búsqueda del placer, la alegría desmedida, los festines o el vino, tienta a los seres humanos a violar el séptimo mandamiento.

Satanás indujo primero a Israel al libertinaje y luego a la idolatría. Los que deshonran la imagen de Dios en su propia persona y contaminan así su templo, no retrocederán ante ninguna cosa que deshonre a Dios con tal que satisfaga el deseo de sus corazones depravados. La sensualidad debilita la mente y degrada el alma. La satisfacción de las propensiones animales entorpece las facultades morales y no puede el esclavo de las pasiones comprender la obligación sagrada impuesta por la ley de Dios, apreciar el sacrificio expiatorio, o justipreciar el alma. La bondad, la pureza, la verdad, la reverencia a Dios y el amor por las cosas sagradas, todos estos afectos sagrados y deseos nobles que vinculan al hombre con el mundo celestial, quedan consumidos en el fuego de la concupiscencia. El alma se torna en desierto negro y desolado, en morada de espíritus malignos y "albergue de todas aves sucias y aborrecibles. " En esta forma, los seres creados a la imagen de Dios son rebajados al nivel de los seres irracionales.

Por sus relaciones con los idólatras y la participación que tuvieron en sus festines, los hebreos fueron inducidos a violar la ley de Dios, y atrajeron sus juicios sobre toda la nación. Así también ahora Satanás obtiene su mayor éxito, en lo que se refiere a hacer pecar a los cristianos, cuando logra inducirles a que se relacionen con los impíos y participen en sus diversiones. "Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo." (2 Cor. 6: 17.) Dios exige hoy de su pueblo que se mantenga tan distinto del mundo, en sus costumbres, hábitos y principios, como debía serio el antiguo Israel. Si siguen fielmente las enseñanzas de su Palabra, existirá esta distinción; no podrá ser de otra manera. Las advertencias dadas a los hebreos para que no se relacionaran ni mezclaran con los paganos no eran más directas ni más terminantes que las hechas a los cristianos para prohibirles que imiten el espíritu y las costumbres de los impíos. Cristo nos dice: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él." "La amistad del mundo es enemistad con Dios. Cualquiera pues, que quisiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios." (1 Juan 2: 15; Sant. 4: 4.) Los que siguen a Cristo deben separarse de los pecadores y buscar su compañía tan sólo cuando haya oportunidad de beneficiarlos. No podemos ser demasiado firmes en la decisión de evitar la compañía de aquellos cuya influencia tiende a alejarnos de Dios. Mientras oramos: "No nos dejes caer en tentación," debemos evitar la tentación en todo lo posible.

Los israelitas fueron inducidos al pecado, precisamente cuando se hallaban en una condición de ocio y seguridad aparente. Se olvidaron de Dios, descuidaron la oración, y fomentaron un espíritu de seguridad y confianza en sí mismos. El ocio y la complacencia propia dejaron la ciudadela del alma sin resguardo alguno, y entraron pensamientos viles y degradados. Los traidores que moraban dentro de los muros fueron quienes destruyeron las fortalezas de los sanos principios y entregaron a Israel en manos de Satanás. Así precisamente es cómo Satanás procura aún la ruina del alma. Antes que el cristiano peque abiertamente, se verifica en su corazón un largo proceso de preparación que el mundo ignora. La mente no desciende inmediatamente de la pureza y la santidad a la depravación, la corrupción y el delito. Se necesita tiempo para que los que fueron formados en semejanza de Dios se degraden hasta llegar a lo brutal o satánico. Por la contemplación nos transformamos. Al nutrir pensamientos impuros en su mente, el hombre puede educarla de tal manera que el pecado que antes odiaba se le vuelva agradable.

Satanás emplea todos los medios posibles para popularizar el delito y los vicios envilecedores. No podemos transitar por las calles de nuestras ciudades sin notar cómo se presentan descaradamente actividades delictuosas en alguna novela o en algún escenario teatral. La mente se educa en la familiaridad con el pecado. Los periódicos y las revistas del día recuerdan constantemente al pueblo la conducta que siguen los depravados y viles; en relatos palpitantes le describen todo lo capaz de despertar las pasiones. Tanto lee y oye la gente con respecto a crímenes degradantes, que aun los que fueran una vez dotados de una conciencia sensible, a la cual hubieran horrorizado tales escenas, se vuelven empedernidos, y se espacian en estas cosas con ávido interés.

Muchas de las diversiones que son populares en el mundo hoy, aun entre aquellos que se llaman cristianos, tienden al mismo fin que perseguían las de los paganos. Son, en verdad, pocas las diversiones que Satanás no aprovecha para destruir las almas. Por medio de las representaciones dramáticas ha obrado durante siglos para excitar las pasiones y glorificar el vicio. La ópera con sus exhibiciones fascinadoras y su música embelesadora, las mascaradas, los bailes y los juegos de naipes, son cosas que usa Satanás para quebrantar las vallas de los principios sanos y abrir la puerta a la sensualidad. En toda reunión de placer donde se fomente el orgullo o se dé rienda suelta al apetito, donde se le induzca a uno a olvidarse de Dios y a perder de vista los intereses eternos, allí está Satanás rodeando las almas con sus cadenas.

"Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón —es el consejo del sabio;— porque de él mana la vida." "Cual es su pensamiento [del hombre] en su alma, tal es él." (Prov. 4: 23; 23: 7.) El corazón debe ser renovado por la gracia divina, o en vano se buscará pureza en la vida. El que procura desarrollar un carácter noble y virtuoso, sin la ayuda de la gracia de Cristo, edifica su casa sobre las arenas movedizas. La verá derribarse en las fieras tempestades de la tentación. La oración de David debiera ser la petición de toda alma: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; y renueva un espíritu recto dentro de mí." (Sal. 51: 10.) Y habiendo sido hechos partícipes del don celestial, debemos proseguir hacia la perfección, siendo "guardados en la virtud de Dios por fe." (1 Ped. 1: 5.)

Tenemos, sin embargo, algo que hacer para resistir a la tentación. Los que no quieren ser víctimas de los ardides de Satanás deben custodiar cuidadosamente las avenidas del alma; deben abstenerse de leer, ver u oír cuanto sugiera pensamientos impuros. No se debe dejar que la mente se espacie al azar en todos los temas que sugiera el adversario de las almas. Dice el apóstol Pedro: "Por lo cual, teniendo los lomos de vuestro entendimiento ceñidos . . . no conformándoos con los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino como aquel que os ha llamado es santo, sed también vosotros santos en toda conversación." (1 Ped. 1: 13-15.) Pablo dice: "Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay alguna virtud, si alguna alabanza, en esto pensad." (Fil. 4: 8.) Esto requerirá ferviente oración y vigilancia incesante. Habrá de ayudarnos la influencia permanente del Espíritu Santo, que atraerá la mente hacia arriba y la habituará a pensar sólo en cosas santas y puras. Debemos estudiar diligentemente la Palabra de Dios. "¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra," dice el salmista y añade: "En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti." (Sal. 119: 9, 11.)

Los pecados que cometió Israel en Beth-peor atrajeron los juicios de Dios sobre la nación, y aunque ahora no se castiguen los mismos pecados con idéntica presteza, recibirán su retribución tan seguramente como la recibieron entonces. "Si alguno violare el templo de Dios, Dios destruirá al tal." (1 Cor. 3: 17.) La naturaleza ha vinculado a estos crímenes terribles castigos que, tarde o temprano, se aplicarán a todos los transgresores. Estos pecados, en mayor medida que cualesquiera otros, son los que han causado la terrible degeneración de nuestra raza y la carga de enfermedades y miseria que afligen al mundo. Podrán los hombres ocultar sus transgresiones a los ojos de sus semejantes, pero no por eso dejarán de segar las consecuencias, en forma de padecimientos, enfermedades, degeneración mental, o muerte. Y más allá de esta vida les aguarda el tribunal del juicio, con su galardón de consecuencias eternas. "Los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios," sino que con Satanás y los malos ángeles, recibirán su parte en aquel "lago de fuego" que es "la muerte segunda." (Gál. 5:21; Apoc. 20: 14.)

"Los labios de la extraña destilan miel, y su paladar es más blando que el aceite; mas su fin es amargo como el ajenjo; agudo como cuchillo de dos filos." "Aleja de ella tu camino, y no te acerques a la puerta de su casa; porque no des a los extraños tu honor, y tus años a cruel; porque no se harten los extraños de tu fuerza, y tus trabajos estén en casa del extraño, y gimas en tus postrimerías, cuando se consumiere tu carne y tu cuerpo." "Su casa está inclinado a la muerte." "Todos los que a ella entraron, no volverán." "Sus convidados están en los profundos de la sepultura." (Prov. 5: 3, 4, 8-11; 2: 18, 19; 9: 18.)