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Patriarcas y Profetas

Capítulo 24

La Pascua

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Cuando se presentó por primera vez al rey de Egipto la demanda de la liberación de Israel, se le dio una advertencia acerca de la más terrible de todas las plagas. Moisés dijo a Faraón: "Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito. Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva, mas no has querido dejarlo ir: he aquí yo voy a matar a tu hijo, tu primogénito." (Exo. 4: 22, 23.) Aunque despreciados por los egipcios, los israelitas habían sido honrados por Dios, al ser escogidos como depositarios de su ley. Las bendiciones y los privilegios especiales que se les dispensaron les habían dado la preeminencia entre las naciones, como la tenía el primogénito entre los demás hermanos.

El primer juicio acerca del cual se advirtió a Egipto había de ser el último en llegar. Dios es paciente y muy misericordioso. Cuida tiernamente a todos los seres creados a su imagen. Si la pérdida de sus cosechas, sus rebaños y manadas hubiera llevado a Egipto al arrepentimiento, los niños no habrían sido heridos; pero la nación había resistido tercamente al mandamiento divino, y el golpe final estaba a punto de caer.

Su pena de muerte, se había prohibido a Moisés que volviera a la presencia de Faraón; pero había que entregar al monarca rebelde un último mensaje de parte de Dios, y nuevamente Moisés volvió ante aquél con el terrible anuncio: "Jehová ha dicho así: A la media noche yo saldré por medio de Egipto, y morirá todo primogénito en tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la sierva que está tras la muela; y todo primogénito de las bestias. Y habrá gran clamor por toda la tierra de Egipto, cual nunca fue ni jamás será. Mas entre todos los hijos de Israel, desde el hombre hasta la bestia, ni un perro moverá su lengua: para que sepáis que hará diferencia Jehová entre los egipcios y los israelitas. Y descenderán a mí todos estos tus siervos, e inclinados delante de mí dirán: Sal tú, y todo el pueblo que está bajo de ti; y después de esto yo saldré." (Véase Éxodo 11: 12.)

Antes de ejecutar esta sentencia, el Señor por medio de Moisés instruyó a los hijos de Israel acerca de su salida de Egipto, sobre todo para preservarlos de la plaga inminente. Cada familia, sola o reunida con otra sin defecto," y con un hisopo había de tomar de la sangre y ponerla "en los dos postes y en el dintel de las casas en que lo han de comer," para que el ángel destructor que pasaría a medianoche, no entrase a aquella morada. Habían de comer la carne asada, con hierbas amargas y pan sin levadura, de noche, y como Moisés dijo: "Ceñidos vuestros lomos, vuestros zapatos en vuestros pies, y vuestro bordón en vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente: es la Pascua de Jehová."

El Señor declaró: "Yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así en los hombres como en las bestias: y haré juicios en todos los dioses de Egipto. . . . Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre, y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad, cuando heriré la tierra de Egipto."

Para conmemorar esta gran liberación, el pueblo de Israel había de celebrar una fiesta anual a través de las generaciones futuras. "Y este día os ha de ser en memoria, y habéis de celebrarlo como solemne a Jehová durante vuestras generaciones: por estatuto perpetuo lo celebraréis." Cuando en los años venideros festejaran este acontecimiento habían de repetir a sus hijos la historia de su gran liberación, o como les dijo Moisés: "Vosotros responderéis: Es la víctima de la Pascua de Jehová, el cual pasó las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas."

Además, tanto el primogénito de los hombres como el de las bestias, había de ser del Señor, si bien podía ser redimido mediante un rescate con el cual reconocían que, al perecer los primogénitos de Egipto, los de Israel, que fueron guardados bondadosamente, habrían sufrido la misma suerte de no haber sido por el sacrificio expiatorio. "Mío es todo primogénito —declaró el Señor— desde el día que yo maté todos los primogénitos en la tierra de Egipto, yo santifiqué a mí todos los primogénitos en Israel, así de hombres como de animales: míos serán." (Núm 3: 13.) Después de la institución del culto en el tabernáculo, el Señor escogió para sí la tribu de Leví, para la obra del santuario, en vez de los primogénitos de Israel. Dijo: "Me son a mí dados los Levitas de entre los hijos de Israel, . . . helos tomado para mi en lugar de los primogénitos de todos los hijos de Israel." (Núm. 8: 16.) Sin embargo, todo el pueblo debía pagar, en reconocimiento de la gracia de Dios, un precio por el rescate del primogénito. (Núm. 18: 15, 16.)

La pascua había de ser tanto conmemorativa como simbólica. No sólo recordaría la liberación de Israel, sino que también señalaría la liberación más grande que Cristo habría de realizar para libertar a su pueblo de la servidumbre del pecado. El cordero del sacrificio representa al "Cordero de Dios," en quien reside nuestra única esperanza de salvación. Dice el apóstol: "Nuestra pascua, que es Cristo, fue sacrificada por nosotros." (1 Cor. 5: 7) No bastaba que el cordero pascual fuese muerto; había que rociar con su sangre los postes de las puertas, como los méritos de la de Cristo deben aplicarse al alma. Debemos creer, no sólo que él murió por el mundo, sino que murió por cada uno individualmente. Debemos apropiarnos la virtud del sacrificio expiatorio.

El hisopo usado para rociar la sangre era un símbolo de la purificación. Era empleado para la limpieza del leproso y de quienes estaban inmundos por su contacto con los muertos. Se ve su significado también en la oración del salmista: "Purifícame con hisopo, y seré limpio: lávame, y seré emblanquecido más que la nieve." (Sal. 51: 7)

El cordero había de prepararse entero, sin quebrar ninguno de sus huesos. De igual manera, ni un solo hueso había de quebrarse del Cordero de Dios, que iba a morir por nosotros. (Éxo. 12: 46; Juan I9: 36.) En esa forma también se representaba la plenitud del sacrificio de Cristo.

La carne debía comerse. Para alcanzar el perdón de nuestro pecado, no basta que creamos en Cristo; por medio de su Palabra debemos recibir por fe constantemente su fuerza y su alimento espiritual. Cristo dijo: "Si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna." Y para explicar lo que quería decir, agregó: "Las palabras que yo os he hablado, son espíritu, y son vida." (Juan 6: 53, 54, 63.)

Jesús aceptó la ley de su Padre, cuyos principios puso en práctica en su vida, manifestó su espíritu, y demostró su poder benéfico en el corazón del hombre. Dice Juan: "Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad." (Juan 1:14.) Los seguidores de Cristo deben participar de su experiencia. Deben recibir y asimilar la Palabra de Dios para que se convierta en el poder que impulse su vida y sus acciones. Mediante el poder de Cristo, deben ser transformados a su imagen, y deben reflejar los atributos divinos. Deben comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios, o no habrá vida en ellos. El espíritu y la obra de Cristo deben convertirse en el espíritu y la obra de sus discípulos.

El cordero había de comerse con hierbas amargas, como un recordatorio de la amarga servidumbre sufrida en Egipto. Asimismo cuando nos alimentamos de Cristo, debemos hacerlo con corazón contrito por causa de nuestros pecados.

El uso del pan sin levadura también era significativo. Lo ordenaba expresamente la ley de la pascua, y tan estrictamente la observaban los judíos en su práctica, que no debía haber ninguna levadura en sus casas mientras durara esa fiesta. Asimismo deben apartar de sí la levadura del pecado todos los que reciben la vida y el alimento de Cristo. Pablo escribe a la iglesia de Corinto: "Limpiad pues la vieja levadura, para que seáis nueva masa, . . . porque nuestra pascua, que es Cristo, fue sacrificada por nosotros. Así que hagamos fiesta, no en la vieja levadura, ni en la levadura de malicia y de maldad, sino en ázimos de sinceridad y de verdad." (1 Cor 5: 7, 8.)

Antes de obtener la libertad, los siervos debían demostrar fe en la gran liberación que estaba a punto de realizarse. Debían poner la señal de la sangre sobre sus casas, y ellos y sus familias debían separarse de los egipcios y reunirse dentro de sus propias moradas. Si los israelitas hubieran menospreciado en lo más mínimo las instrucciones que se les dieron, si no hubieran separado a sus hijos de los egipcios, si hubieran dado muerte al cordero, pero no hubieran rociado los postes con la sangre, o hubieran salido algunos fuera de sus casas, no habrían estado seguros. Podrían haber creído honradamente que habían hecho todo lo necesario, pero su sinceridad no los habría salvado. Los que hubiesen dejado de cumplir las instrucciones del Señor, habrían perdido su primogénito por obra del destructor.

Mediante su obediencia el pueblo debía evidenciar su fe. Asimismo todo aquel que espera ser salvo por los méritos de la sangre de Cristo debe comprender que él mismo tiene algo que hacer para asegurar su salvación. Sólo Cristo puede redimirnos de la pena de la transgresión, pero nosotros debemos volvernos del pecado a la obediencia. El hombre ha de salvarse por la fe, no por las obras; sin embargo, su fe debe manifestarse por sus obras. Dios dio a su Hijo para que muriera en propiciación por el pecado; ha manifestado la luz de la verdad, el camino de la vida; ha dado facilidades, ordenanzas y privilegios; y el hombre debe cooperar con estos agentes de la salvación; ha de apreciar y usar la ayuda que Dios ha provisto; debe creer y obedecer todos los requerimientos divinos.

Mientras Moisés repetía a Israel lo que Dios había provisto para su liberación, "el pueblo se inclinó y adoró." (Éxo. 12: 27.) La feliz esperanza de libertad, el tremendo conocimiento del juicio inminente que había de caer sobre sus opresores, los cuidados y trabajos necesarios para su pronta salida, todo lo eclipsó de momento la gratitud hacia su bondadoso Libertador.

Muchos de los egipcios habían sido inducidos a reconocer al Dios de los hebreos como el único Dios verdadero, y suplicaron entonces que se les permitiese ampararse en los hogares de Israel cuando el ángel exterminador pasara por la tierra. Fueron recibidos con júbilo, y se comprometieron a servir de allí en adelante al Dios de Jacob, y a salir de Egipto con su pueblo.

Los israelitas obedecieron las instrucciones que Dios les había dado. Rápida y secretamente hicieron los preparativos para su partida. Las familias estaban reunidas, el cordero pascual muerto, la carne asada, el pan sin levadura y las hierbas amargas preparados. El padre y sacerdote de la casa roció con sangre los postes de la puerta, y se unió a su familia dentro de la casa. Con premura y en silencio se comió el cordero pascual. Con reverente temor el pueblo oró y aguardó; el corazón de todo primogénito, desde el hombre más fuerte hasta el niño, tembló con indescriptible miedo. Los padres y las madres estrechaban en sus brazos a sus queridos primogénitos, al pensar en el espantoso golpe que había de caer aquella noche. Pero a ningún hogar de Israel llegó el ángel exterminador. La señal de la sangre, garantía de la protección del Salvador, estaba sobre sus puertas, y el exterminador no entró.

A la medianoche hubo "un gran clamor en Egipto, porque no había casa donde no hubiese muerto." Todos los primogénitos de la tierra, "desde el primogénito de Faraón que se sentaba sobre su trono, hasta el primogénito del cautivo que estaba en la cárcel, y todo primogénito de los animales" (Éxo. 12: 29-33), habían sido heridos por el exterminador. A través del vasto reino de Egipto, el orgullo de toda casa había sido humillado. Los gritos y gemidos de los dolientes llenaban los aires. El rey y los cortesanos, con rostros pálidos y trémulos miembros, estaban aterrados por el horror prevaleciente.

Faraón recordó entonces que una vez había exclamado: "¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel." (Éxo. 5: 2.) Ahora, su orgullo, que una vez osara levantarse contra el Cielo, estaba humillado hasta el polvo; "hizo llamar a Moisés y a Aarón de noche, y díjoles: Salid de en medio de mi pueblo vosotros, y los hijos de Israel; e id, servid a Jehová, como habéis dicho. Tomad también vuestras ovejas y vuestras vacas, como habéis dicho, e idos; y bendecidme también a mí." También los consejeros reales y el pueblo suplicaron a los israelitas que se fueran de la tierra, "porque decían: Todos somos muertos."